domingo, 10 de agosto de 2008

Ixquic* en su laberinto



No sólo lo Generales tienen laberintos. Los tenemos todos. Soy una mujer de 34 años y tengo una niña pre adolescente con una personalidad dominante. Estoy soltera y no me gusta hacer vida social más allá de mis compañeros de trabajo y compañeras de los grupos o espacios de danza en los que colaboro. Mi trabajo me encanta, pase lo que pase, llevo años encantada con él. Otra cosa, me encanta la soledad (justamente porque casi nunca logro estar sola!!)

Hoy mi laberinto son las danzas. Siempre que creo salir de ellas, en realidad voy entrando. Bailo desde los cuatro años cuando mi mamá me metió a clases de ballet y de las que deserté a los 12 o 13, por razones de rebeldía adolescente. Entonces pensé jamás volveré a bailar. Ahora me da risa y me siento agradecida por esa formación clásica, la disciplina y el gusto por el movimiento limpio. Pero cuando el hábito se queda ...¿qué se puede hacer? siempre tuve la necesidad de moverme y ocupar mi tiempo al máximo de esa forma.

Por eso en el colegio, a los 15 años formé un grupo para bailar ¡no podía estar sin bailar! y cuando llegué a la U me integré a la danza contemporánea. Fue como volver al ombligo perdido. Porque amo el orden y disciplina de un maestro de danza y esas clases eran así. Además, había método y técnica.


Cuando fecundé uno de mis óvulos, en gravidez bailé y hasta en un obra de teatro me metí. Al parir pensé: jamás volveré a bailar y es que me lo decía mientras amamantaba a la niña más bella del universo. Desde entonces voy y vengo. terminé en cursos sabatinos y entre semana en la Escuela Nacional de Danza (con Mauricio González, Chico Castillo, Hugo Bordón) y en talleres de maestros que cada año han llegado en el marco de encuentros internacionales. Desde hace 5 años bailo en la UES, con el maestro Julio Mejía. La niña que habitó mi vientre también comenzó a dar pasos de danza con Doña Alcira Alonso (Irina Flores), en el Macholá, en la Escuela (END) y la Gimnacia en el Poli/Tembag. Este año comenzó el contemporáneo y sigue en el ballet (y yo felizzz).

En eso estábamos cada una cuando de repente nos encontramos las dos bailando danza árabe. Yo la metí para premiarla en sus notas pero yo no estaba para nada interesada en aprenderla. Pero de repente zaz! allí estaba desconcertada tomando clases y mi choque con esto fue porque:

--Jamás había bailado sin usar un leotardo (con la cintura descubierta) y con monedas al contorno.

--Jamás había estado con una maestra que en lugar de estar seria, sonriera a las alumnas

--jamás había estado en un grupo heterogéneo de mujeres (50-40-30-20-20-5)

--jamás me sentí tan comprometida a precisar el movimiento físico con el musical

--jamás había hecho movimientos naturales (el ballet es lo más anormal o no natural)

Ciertamente, es un choque que sigo superando y que con estudio y práctica le he encontrado mas cosas. Si has bailado tango habrás interpretado con mucha pasión y a veces despecho. Con la danza contemporánea se puede llegar a recrear personajes y sentimientos muy variados auxiliandote del "si yo fuera"...y observando el entorno, investigando (alguna vez sentí hasta ganas de llorar haciendo un personaje). Pero en la danza árabe la interpretación viene de suyo: es una mezcla de alegría y sensualidad. La música árabe es tan rica en ritmos y transmite cosas positivas. Y es que la gente lo expresa cuando ven bailar y agradecen esa transmición. Al fin y al cabo al bailar hay comunicación entre el espectador y la bailarina.

Mínimamente tendrán que pasar varios años para que mi hija y yo logremos algo técnicamente hablando. Siento que apenas despego (ella más que yo). Comenzamos y hace falta nadar un mar de ensayos, talleres y clases. Me auxilio de mi experiencia y práctico, pero sobre todo lo disfruto muchísimo. Compruebo, las palabras de Sabina: bailar es soñar con los pies.

Vaya, llegué al centro de mi laberinto ¿que tal?!

:)

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